Modelos
2003 – 2007

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Querido _____________,
Encontré las cartas, las he leído y me han dejado algo desconcertada. Me recuerdan aquellas cartas-modelo que demuestran un cierto estilo educado; las mismas que adoptan los sub al – ternos corporativos al proveer disculpas, rechazos o anotaciones para uso de sus superiores, o por el iletrado que desea poseer una prueba de que el tiempo no hará desaparecer su voz. De quien haya sido el autor de estas cartas, me pregunto si alguna vez refirieron a pasiones propias o si pretendía construir un formato transparente para ser llenado por otros. Me pregunto si, antaño, el escribano sospechaba que su propia presencia no quedaría prescrita; que su labor acarreaba múltiples vestigios para códigos ulteriores. Me pregunto, finalmente, acerca de las emociones que no quedaron enmarcadas en las expresiones formularias. Tal vez lo más sincero de estas cartas es lo que quedó fuera del alcance del texto, como las plastas que caen sobre el piso, por accidente, mientras el pintor somete una tela que recibe el registro de sus caprichos. Estas improntas en el suelo son el residuo de una presencia que permanece palpable, como un fantasma traqueteando las cadenas de la intuición humana.
En espera de noticias tuyas,
Pamela
Pamela Echeverría, 2008

Los críticos modernistas solían reverenciar lo “literal” como portador de la verdad en las artes plás ticas, complementando tal parecer con la idea de que la literatura en pintura —la pintura literaria— detracta el ímpetu supuestamente progresivo del arte moderno hacia lo literal. Mis pinturas sobre alfombra en la serie Modelos incorporan textos de cartas de antiguos manuales epistolares, los cuales comenzaron a circular en Europa durante el siglo XVI. Las cartas que he seleccionado establecían formalismos para dirigirse a otros, que hace mucho dejaron de ser vigentes, pero que, una vez transpuestos a la pintura, apuntan a diversos tipos de respuestas que la pintura puede provocar en el espectador. La forma epistolar explota estrategias y conven – ciones para que un tipo específico de relaciones pueda darse entre cierto tipo específico de lectores. El propósito de una carta puede ser una solicitud, una conciliación, una queja, un agradecimiento, una clarificación, una amenaza, etcétera. Los pintores también usamos estra – tegias técnicas y contextualizantes para involucrar al observador de manera particular —seducir (Vermeer), confrontar (Bacon), cuestionar (Manet), notificar (Stella) o proponer (Morandi). El lími te de tal analogía está en que el mensaje de la carta depende de la utilización acordada de una convención rígida, mientras que el efecto de una pintura digna hace de la convención un medio maleable y fluido para juguetear en un intercambio escurridizo con el espectador.
—Yishai Jusidman