Los payasos
1991 – 1992

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Durante siglos se ha utilizado a los payasos para representar las penitencias del papel del artista en la sociedad, un tragicómico bufón de la corte contratado para solazar los caprichos pasaje – ros de la elite dominante y, casi como premio de consolación, otorgarle licencia para ridicu – lizar públicamente a las instituciones que lo alimentan. Los payasos de Jusidman hacen justo esto, retratando, con particular cuidado y destreza similar a la de los grandes maestros, un am – plio repertorio de emociones expresivas. Sin embargo, el dramático encuadre de las imágenes delimita estratégicamente el rostro colorido del payaso, resaltando la mera superficialidad del maquillaje de su cacareada sonrisa y sus ceños fruncidos. Los payasos pueden aparecer alegres o patéticos, escapistas o enloquecidos; pero aun cautivados por sus payasadas, no podemos de – jar de verlos un tanto repelentes. Los payasos de Jusidman apuntan un paralelo directo con los artistas de hoy, a modo de un correctivo multidimensional para una época que los define de buenas a primeras en términos de “blanco o negro”, ya sea como santos o pecadores.
—Christopher Knight, “Going Beyond the Face Value of Clowns,” Los Angeles Times, 18 de febrero de 1997

La mente del espectador también contiene historias del arte e historias personales que dicta – minan sus predisposiciones y expectativas en relación con las obras artísticas. Por mi parte, uno no puede permanecer indiferente a la técnica veneciana de la cual estas pin turas se sirven, como tampoco a la práctica mancillada del pintar payasos. Pero no quisiera simplemente poner en escena un encuentro entre lo sofisticado y lo popular. Por el contrario, espero poder enfatizar el espacio que los divide por medio de peculiaridades temáticas y formales que no pueden ser empíricamente separadas una de la otra. Estas pinturas pretenden ocasionar reac – ciones complejas, atracción y repulsión concurrentes, y, eventualmente, un sentido de satis – facción emancipada al haber ubicado nuestras propias predisposiciones. Aquí, de nuevo, el efec to de las pinturas no se traduce en sentimientos privados sino en reacciones públicas, las cuales —confío— pueden ser examinadas sin que por ello se comprometa su vigor.
—Yishai Jusidman