El astrónomo
1987 – 1990

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La primera impresión nos confunde, ya que, al mirar un globo, normalmente esperamos ver un mapamundi; pero animarse a ver a través de la superficie del globo y encontrar un paisaje resulta una sorpresa. En realidad, lo que muestran estas esferas no son mapas bidimensionales ni recreaciones miméticas de paisajes, sino representaciones del propio campo visual —la forma ovoide disipándose en la periferia— que el ojo humano apropia. Lo que se pretende plasmar, entonces, no es tanto algo por verse sino algo ya visto, no un paisaje en sí, sino la calidad feno – ménica de la perspectiva ocular sobre un paisaje, rendida de nuevo al espectador. En efecto, si nos paramos tan próximos a las pinturas que éstas llegan a ocupar todo nuestro campo visual, el desvanecimiento del color y las formas hacia el borde curvo de las esferas es impactante; parecería que nos devuelven la mirada, como si viéramos la forma del paisaje reflejar el círculo del campo visual, en lugar de presentarse en el plano artificioso del lienzo estirado. En con – junto, las piezas nos recuerdan uno de los ensayos de Emerson sobre la naturaleza, que dice: “El ojo es el primer círculo; el horizonte que traza es el segundo, y esta figura primordial se repite en la naturaleza sin cesar. Es el emblema más elevado del código del mundo”.
James Lewis, Artforum, noviembre de 1989

En 1668 Johannes Vermeer terminaba El astrónomo, una pintura que provoca aquello que re – presenta: la cautivadora aleación de la visión, la imaginación y el entendimiento. En el papel de espectadores, nosotros experimentamos esta aleación cuando penetramos el cuadro con nuestra mirada. De 1987 a 1990 produje un serie de paisajes esféricos basados en los maestros del paisaje naturalista. Invocando el espíritu de Vermeer, mi serie El astrónomo aspira a suscitar una manera distintiva de pensar el espacio pictórico, pro du ciendo una experiencia integral para nuestra percepción visual y, sin embargo, es aparentemente contradictoria; una especie de contrapunto harmónico-pictórico. La convexidad material de la esfera se presenta en oposi – ción a la concavidad visual del paisaje representado, y resuelve la dimensión pictórica en un plano que —pace Clement Greenberg— no puede ser asimilido al soporte. Frente a la am – bivalencia resultante, espero, el espectador se verá (literalmente) motivado a reconsiderar tanto la naturaleza de sus sentidos como sus predisposiciones hacia la supuesta bi-dimensionalidad de la pintura.
—Yishai Jusidman